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Un sueño en el Morado

Por Jaún

La historia secreta de los Andes, episodio 1

Morado Pared Sur Topo (vector)

Relatos de Diego Vergara

Cordada Carlos Pinto y Diego Vergara

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” – Calderón de la Barca

En nuestro viaje por descubrir la historia secreta de los Andes hemos llegado a conversar con Diego Vergara Lira, andinista chileno que nos comparte unos relatos de lo que fue su ascensión en busca de la séptima cumbre de la pared sur del Morado. Nos destaca esta cumbre como una de sus aventuras más épica en los Andes por la significancia y vivencia experimentadas.

La cumbre de esta montaña era emblemática porque para la época solo contaba con 6 progresos:

  1. La vía Vásquez. César Vásquez y Juan Tangol. 4/marzo/1961, 1° ascenso.
  2. Alejandro Izquierdo, Dagoberto Delgado y Germán Maccio,10/enero/1981, 2° ascenso.
  3. Gino Cassasa y Steve Brewer USA. el 29/marzo/1981 , 3° ascenso. (Antes Cassasa la había intentado junto a Francisco Medina, llegando sólo hasta el canalón de hielo.)
  4. Buracchio-Montes-Thiele, 1986, DAV, 4° ascenso.
  5. Fuentes y Rodrigo Vivanco. 1994 5° ascenso.
  6. Waldo Farías y Pablo Besser, Febrero/1995, 6° ascenso. Primera en el día y primera sin clavos.

Habían transcurrido 8 años desde su último ascenso, y a la fecha, había sido escalado por puras leyendas old school. Ya solo pensar en la pared le recuerda a Diego lo que pasaba por su cabeza en el 2003. Lo conmemora como una de las aventuras más épica que ha tenido en la cordillera andina por el significado que tuvo para él como escalador.

Todo comenzó con su amigo y compañero de cordada Carlos Pinto con quien decidió que ya era hora de hacer un gran pegue. Tenían la experiencia y motivación para lograrlo pero ellos aún no lo sabían. Se encontraban en ese viaje mental en el cual no sabes si tienes la capacidad para lograrlo o bien verse en esa desagradable situación de quedarse pegado en la mitad de la pared, ya sea por dificultad física, técnica o mental, y tener que improvisar un rebote para salir vivo. Se encontraban con su amigo y compañero de cordada Carlos Pinto en un día común y corriente trabajando en la tienda Cumbre. Discutían de historias sobre las grandes paredes en los Andes Centrales y se entramparon en la infinita disputa sobre cuál era la pared más épica de la zona. Carlos argumentaba a favor de las montañas más rocosas. Diego en pos de las más alpinas.

Tras horas de conversación en un día con poca clientela, ambos concuerdan que la pared sur del Morado era la más bella e imponente. También dificultosa. Debían ir a esa pared. La idea se había implantado en la mente de los escaladores y con una especie de motivación cerraron jornada en un rutinario día de vendedor. Al fin de semana siguiente Diego se fue a alojar a la casa de Carlos donde compartieron con su familia, armaron el rack de escalada, revisaron el equipo y comida, y partieron al alba al Cajón del Maipo. Entraron por baños morales y remontaron todo el valle hasta la base de la pared sur donde armaron campamento.

Al día siguiente se dedicaron a estudiar la ruta. Para Diego el 90% del éxito de un pegue está en el análisis de la montaña y en específico su ruta. En este caso, el estudio parecía más bien una cómica terapia de mentalización para realizar dicho pegue.

Qué tan peluda será? pregunta Carlos

Peluda responde Diego con una sonrisa en su cara.

Si hueón, yo también creo. – exclama Carlos mientras ambos se ríen.

Se dedicaron el resto del día a observar meticulosamente la ruta para visualizar por donde subir.  Se observaba una canaleta a eso de 3/4 de la montaña que claramente era el punto de mayor dificultad.

Ese debe ser el crux, no? Afirma Carlos

Así parece. – responde Diego

Luego de un tímido silencio Diego exclama

Igual se sube

Yo también creo. Todo el rato! -responde Carlos con un tono más bien categórico. Un cruce de mirada y una exclamación mutua de gestos fue todo lo que se necesitó para cerrar el pacto. Al día siguiente iban por la pared sur del Morado. Al menos por un intento.

Se fueron a acostar con una extraña sensación pero al mismo tiempo un sentido de alivio. La decisión se había tomado. Mañana era el pegue. Poco durmieron en una noche cargada de ansias y nerviosismo. Al día siguiente, se despertaron a las 4 AM, tomaron desayuno y salieron. En el acarreo iban concentrados. Conversaban lo justo y necesario para tomar decisiones respecto al desplazamiento en ruta. Se montaron en la pared y comenzaron turnándose los largos. Al principio eran fáciles, lo que les permitió avanzar rápidamente. Entraron en una especie de transe donde la cordada empieza a fluir instintivamente por el monte y se desplaza sin tanta dubitación. Carlos y Diego eran cordada hace 3 años. Se conocían al revés y al derecho y tenían una comunicación pseudo psíquica, no hacían falta las palabras para entender el mensaje del compañero. Hacían un buen complemento. Carlos era un escalador muy duro en roca y Diego le gustaba la escalada en hielo y el drytooling. A medida que continuó el ascenso la roca comenzó a transformarse. A eso de los 3300 msnm la calidad de la roca era mucho que desear.  Comenzaron los desprendimientos, los cuales aumentaban a medida que avanzaban. A eso de la reunión del largo 10 repentinamente cae una avalancha de rocas. Rápidamente se refugiaron detrás de un pequeño techo. Aparentemente una roca del tamaño de un refrigerador había pasado a unos 2- 3 metros de ellos. El instinto había hecho lo suyo, se habían salvado.

Comienza largo mixto 11-12

Era el turno de Diego, quien todavía con el pulso bastante alto por la adrenalina de dicho incidente, comienza a puntear el siguiente largo. Había sido un tremendo invierno en la zona de los Andes Centrales, con más de 7 metros acumulados en el valle las Arenas justo a los pies de la cara este del cerro El Morado. La ruta aún no se había derretido por completo por lo que se encontraba en un maravilloso largo de escalada mixta cuando repentinamente Carlos desesperado le grita:

Reeeeeuuuuuu !

Reuuuuuunión !!!!!!

Una vez tras otra, Carlos gritaba: Reunión!!! Sin parar.

¿Que habra pasado? Pensaba Diego sin entender que pretendía su amigo. Le quedaban al menos 15 metros de cuerda (escalaban con una de 60mts.) pero sin dudar más tiempo hizo caso a los gritos de su compañero. Montó una reunión en una zona más protegida y comenzó a recuperar cuerda para asegurarlo. O al menos eso pensaba. Lo que claramente no sabía era que esa gran piedra del tamaño de un refrigerador había cortado la cuerda en dos. Carlos para evitar la carga psicológica de lo que podría significar estar freesoleando en un largo expuesto de drytooling, y que te griten: ¡¡ SE CORTOOÓ LA CUERDA!! Optó por indicarle que hiciera una reunión. Al mismo tiempo, Carlos toma el cabo recién cortado y se lo amarra al arnés. Comienza a freesolear unos 10 metros hasta tomar el extremo asegurado, le hace un nudo simple y continúa ascendiendo. Por el otro lado, Diego sumamente atento en busca de algún signo que le permitiera entender que estaba sucediendo, se da cuenta que la cuerda se había cortado y que el nudo que le había hecho su amigo no le permitiría pasar la cuerda por el asegurador. Rápidamente, hace un sistema alternativo. Ocupa unos nudos prusic para mantener la tensión de la cuerda, desamarra el nudo, pasa el cabo de Pinto por el asegurador y continúa recogiendo.

Se podían escuchar las respiraciones de Carlos quien muy concentrado mantenía un ritmo constante en una sección un tanto expuesta. Al salir del paso, alza la vista y se topa con su compañero.

Al verse ninguno dijo nada. Fue un largo silencio de dos segundos antes que se desencadenara un mar de carcajadas

JAJAJAJAJA ¿Qué pasó hueón? Pregunta Diego. Mientras continúan las risas nerviosas…

La roca que nos cayó, cortó la cuerda. Responde Carlos

Queee!!!! …..

A eso de las 19 hrs de un cálido sábado de febrero de 2003 se encontraban en el largo 12 con una cuerda de 60 metros cortada por la mitad y un cordín de 60 metros para hacer los rapeles. Un buen rato se quedaron conversando en una terraza de la cual se protegían de desprendimientos de rocas y hielo. ¿Convenía bajar? Era una de las interrogantes que acechaba la mente de los escaladores. Ambos sabían que descender por donde estaban subiendo era incluso más arriesgado que llegar a la cumbre y descender por otro lado. En un cruce de palabras concuerdan que convenía seguir adelante. Desde la terraza se podía observar los últimos rayos de luz apuntando a la cumbre del cerro Arenas y la punta Zanzi. Se visualizaban las cimas de las cumbres con un color rojizo, una vista de otro planeta. Junto al Morado, el cerro Arenas y la Zanzi, hacían la trilogía de roca del Cajón del Maipo. La vista era abismal. Se quedaron cayados sorprendidos viendo el atardecer mientras compartían lo que les quedaba de comida. Bien abrigados solo con sus parkas de pluma, gorro y guantes armaron un improvisado vivac, durmieron sobre las cuerdas y al más estilo alpino pasaron la noche en la pared. Desde el vivac compartieron una señales con excursionistas que se encontraban haciendo camping en la laguna del Morado. A los pies del Glacier Colgante por su cara este.

Diego vivak pared sur

Al amanecer siguiente, con todavía restos de ague en el termo compartieron unos amargos mates mañaneros y continuaron su hazaña. Era el turno de Carlos quien comienza a puntear el primero de 7-8 largos que estimaban que quedaban para la cumbre. Ya habían pasado el crux. De a poco lo largos comenzaron a soltar. Avanzaron a buena velocidad. Luego, les empieza a llegar los primeros rayos de luz que provenían del noreste. La montaña se estaba calentando pero a la altura a a cual se encontraban poco hacía para descongelar los hielos a casi 4.500 msnm. El día dos fue todo un éxito. La cordada se desplazó con naturalidad por la montaña ya en una escalada más alpina. Algunas secciones de roca mixta pero mayormente marcado por escalada en hielo y travesía. Lo grados comenzaron a disminuir. Continuaron escalando en simultáneo por unos largos de escalada de quinta. Después escalada de cuarta. Se observaba una roca al final con un pequeño pasito. Parecía que la cumbre estaba del otro lado.

Carlos se aventura a mirar. Sigilosamente como un gato, busca con su piolet una pequeña fisura. Da dos pasos y cuando iba saliendo grita: CUUUUMBRE !!

Ansioso Diego sigue a su compañero. Se abrazan en la cima de la pared del Morado mientras ríen y cantan de felicidad. Buscan el libro de cumbre y conmocionados por la hazaña y los relatos encontrados. Escriben la crónica de su aventura y marcan un hito en la escalada nacional. Séptima ascensión a la pared sur del morado. Hasta entonces una leyenda que parecía inexequible para escaladores aficionados en busca de un sueño

Cumbre Pared Sur Morado
De vuelta con la cuerda cortada