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Hambre de hielo

Por Kiki

La historia secreta de los Andes, episodio 2

Cerro Buracchio

Relatos de María Paz Ibarra

“¿Hemos vencido a un enemigo? – A ninguno, excepto a nosotros mismos. ¿Hemos ganado un reino? – No, y no obstante sí. Hemos logrado una satisfacción completa, hemos materializado. Luchar y comprender, nunca el uno sin el otro, esta es la ley” – Mallory

En esta oportunidad, tuvimos el placer de hablar con una gran mujer, montañista y escaladora chilena reconocida por grandes hazañas manteniendo su humildad como pilar fundamental. María Paz Ibarra, escaladora, alpinista y guía de montaña, especializada en guiados en la Antártica y expediciones en altura, nos relata una de sus primeras expediciones en Campos de hielo con el casi primer ascenso al Cerro Buracchio teniendo en ese entonces escasa experiencia. El hambre por lo desconocido es lo que más ha impulsado a Pachi a lo largo de su trayectoria como guía y montañista, y en el siguiente relato rescatamos una de sus más anecdóticas históricas que la ayudaron a forjar su carácter y amor por el hielo.

Desde pequeña, María Paz ha tenido una conexión especial con la naturaleza, esto fue inculcado por su padre con quien subía pequeños cerros de la RM. En sus últimos años de colegio comenzó a subir más montañas de la región, impulsada por su primo mayor, y fue en la universidad donde conformó, junto a los compañeros del curso de montañismo, un grupo llamado “Cumbre Australes” con quienes realizaron diversos intentos a un macizo inexplorado en los campos de hielo sur.

El intento a esta ascensión significó viajar a Patagonia en 3 oportunidades, expediciones largas que duraron aproximadamente 30 días, sometidos a frío extremo, fuertes vientos y tormentas blancas; en donde tuvieron que aplicar todas sus técnicas de supervivencia para salir ilesos de tan inhóspito lugar. 

Campos de hielo sur

Todo comenzó con un grupo de universitarios conformado por Pachi, Camilo, Fiore, Seba y Vivi, que como cualquier estudiante normal, no contaban con recursos ni mucho menos un presupuesto para financiar una logística para una expedición de esta envergadura. Las barreras monetarias no fueron lo suficientemente grandes, ya que a punta de motivación crearon sus propios trineos y meticulosamente planificaron cada menú para llevar lo justo y necesario al precio más económico posible; pastas orientales, galletas Fruna y desayuno Nestum.

La cordada estaba al tanto que una ascensión a este macizo no era cualquier cosa, significaba un cerro técnico en una zona extremadamente remota pero lo que no sabían era que dada la cercanía a la costa chilena, las condiciones meteorológicas eran más inestables provocando inesperadas tormentas y fuertes vientos. La primera oportunidad ocurrió en el verano 2002, desde el Chaltén. Fue una aventura en la cual atravesaron los campos de hielo sur con muy mal clima. Sumamente atentos a alguna ventana que les diera tregua. Sin embargo, salieron pocos rayos de luz por lo que no fue mucho lo que pudieron avanzar. En ese primer intento se llevaron de vuelta grandes aprendizajes obtenidos de la experiencia misma de pasar 35 días inmersos en gigantes valles de hielo y que además les permitió conocer el terreno para un posible retorno.

En los meses de invierno de ese mismo año fueron por la revancha, a pesar de que las temperaturas eran más bajas y las horas de luz eran más escasas, el clima era más estable. Tenían la ruta marcada en el GPS y la información recopilada de la expedición anterior. Se adentraron al valle de hielo y comenzaron a esperar la ventana. Mientras tanto exploraban los alrededores, abrían huella en la ruta y compartían en las carpas ansiosos por el día del ascenso. Decidieron que Pachi y Camilo irían a atacar la cumbre, ya que eran los más fuertes y experimentados del grupo. Llegó el día, y la cordada se fue a la pared, con tan solo dos años de escalada en el cuerpo, se montaron en la ruta y comenzaron punteando los largos. Una mezcla de adrenalina e incertidumbre eran parte de las sensaciones de estos diminutos seres en semejante pedazo de hielo. La vía era cara sur, lo que significó muy pocas horas de sol, mucho frío y hielo azul que terminó por hacerlos demorar más de lo planeado. Tuvieron que improvisar un diminuto y aéreo vivac en la mitad del cerro, donde compartieron una larga noche con el saco colgando. A pesar de la situación, ambos escaladores se sentían tranquilos y en paz. Era como si hubiesen nacido para vivir dicha experiencia.

Pachi en el vivac de la pared

Al día  siguiente, el foco de la cordada estaba en la eficiencia. Intentaron progresar lo más rápido posible pero los cortos días de invierno los obligaron a pasar otra noche en la pared. Esta vez, en un vivac más refugiado, en una especie de trinchera a un costado del cerro. Luego de una segunda noche helada, la cordada estaba mentalizada para atacar la cumbre. Observaron que los últimos metros era una sección bastante técnica e intimidante. Una pared de hielo desplomada a 10 largos del suelo en medio de los campos de hielo sur. Un tanto nervioso, Camilo se aventura en lo que era, quizás, el último o penúltimo largo de la ruta. Iba escalando en una sección bastante exigente hasta que en un paso cae. El repentino golpe de la cuerda sobre la reunión hizo volar trágicamente la última fuente de energía que poseían, un preciado alfajor guardado especialmente para la cumbre. Ya nada hacía sentido sin el alfajor cumbrero cuando repentinamente el resto del grupo desde el campamento base les da aviso por radio que una gran tormenta se avecinaba, que las carpas corrían riesgo y que bajaran cuanto antes. En la pared se encontraban protegidos de los vientos pero sin dudarlo, hicieron caso a sus amigos y comenzaron el descenso. Les tomó 10 rapeles, en simultáneo y de un solo tornillo. Una vez en pié de vía, se pusieron los esquís e intentaron retornar a campamento base. Avanzaron un par de metros pero las fuertes ráfagas de viento blanco los botaba e incluso les impedía ver hacia donde ir. Por alguna razón el GPS dejó de funcionar y les tomó prácticamente toda la noche encontrar al resto de sus amigos. Entre gritos y señas lograron encontrar la cueva en donde se refugiaron por los próximos 5 días. Las carpas ya no existían, se encontraban mojados, con frío y hambre refugiados en una diminuta cueva esperando que terminara la tormenta. Debiluchos y tiritando salen al quinto día de la cueva. Realizan un rápido retorno, ya sin provisiones, chupando los últimos restos de miel para obtener un poco de energía. Lo que les había tomado 10 días en llegar al campamento base tuvo un retorno de 3 días, llegando apenas al Chaltén con congelaciones en los piés y un cansancio inimaginable.

Así concluye la expedición al cerro Buracchio, no lograron la cumbre, las carpas fueron destrozadas, pasaron mucho frío, hambre, sintieron miedo e incertidumbre por su vida. No obstante, la montañista nos remarca que ha sido una de las experiencias más significativas que le ha tocado vivir. En los momentos en donde la vida se comienza a apagar, es el optimismo y la sintonía del grupo lo que mantiene la chispa viva. Historias que guarda en su memoria y profundas lazos que guarda en su corazón. 

Muchos escaladores y montañistas nos remarcan lo crucial de la cordada al momento de estar en las montañas extremas. Es ahí donde se conoce a las personas de verdad, en las buenas y en las malas, transparentes y sin prejuicios, teniendo en común el amor fundamental que significa estar rodeado entre la simplicidad del monte y enfrentar los desafíos y riesgos que este ambiente conlleva. El romanticismo puro de planificar y enfrentar una ascensión simplemente por amor al arte, por lo estética de su ruta o simplemente porque es posible. Es lo que hace que la amistad de montaña sean únicas.